Mar 09

Iván Vallejo: La humildad es su primer refugio

Iniciar una reunión con Iván Vallejo puede tener un principio, pero nunca tendrá un final. Y es que este ecuatoriano está lleno de vivencias únicas que arrastran consigo lecciones de vida, de disciplina, de calidad humana, gastronómicas, etc.

Además, es un gran conversador, habla con conocimiento y entusiasmo. Es un optimista de peso y compartir con él esta charla fue igual de ameno que cuando hace 10 años lo entrevisté para conocer su lado ‘sibarita’. Iván Vallejo es divorciado, su exesposa murió hace cuatro años de cáncer. Para él fue una suerte llevarse bien con ella hasta el final de sus días y darse la opción de ser amigos, algo que guarda como un recuerdo muy grato en su vida. Empezó subiendo una loma llamada Casinaga, desde donde veía al Chimborazo y desde donde le retaba diciéndole que pronto estaría en su cumbre. Hoy el Chimborazo es una de sus metas menores, el Everest y otras montañas más difíciles se transformaron en su escuela de vida, por la cual agradece todos los días. Desde hacen más de 40 años dedica su vida a las montañas, con quienes tiene una relación de amor, basado en el respeto y la comunicación, como si de una pareja se tratara. De hecho, reconoce que allí radican sus éxitos y fracasos, en esa comunión lograda entre él y la montaña.

¿Qué profesión tiene Iván Vallejo?

Soy ingeniero químico de profesión, estudié en la Escuela Politécnica Nacional, ejercí cuatro años la profesión, pero la verdad es que estudié la ingeniería química porque esa era la ilusión de mi mami, y ella supo convencerme de que ese era mi futuro. Las mamás tienen un marketing extraordinario (risas)…

¿Dónde estudió?

Soy ambateño, estudié en La Salle la escuela y estuve en el colegio Pio X, los dos católicos, y como siempre fui buen alumno mi mami me decía que los que tienen buenas notas tienen que estudiar en la Politécnica (risas). Lo triste es que cuando estaba metido en plena carrera me di cuenta de que no me gustaba la ingeniería. Me hubiera gustado estudiar psicología, pero, bueno, estudié esa carrera cuatro años y la abandoné, me di cuenta de que en la empresa que trabajaba no iba a tener el tiempo que requería para escalar montañas. Entonces, era un doble dolor que, en primer lugar, ejerciera una profesión que no me gustaba y, segundo, que no tuviera el tiempo que mi alma requería. Así que dije: ¡Esto ya es demasiado, aquí queda esta historia! Tengo un principio de vida en donde el undécimo mandamiento es ser feliz. La vida es demasiado corta como para pasar amargado, dolido, angustiado más aún cuando eres joven y tienes 28, 29 años. Cuando le dije a mi mami mi decisión pensó que era una locura, pero a mí los días se me hacían eternos en mi trabajo.

¿De dónde nace su afición de subir a las montañas?

Vino genéticamente. Lo digo así porque mi mami era enfermera en la clínica del Seguro, mi padre era obrero en una fábrica, y no recuerdo que ninguno de los dos hayan llegado siquiera a las orillas del río Ambato para decir que viene de ellos (risas). Esto es naturaleza. Una vez cuando tenía 7 u 8 años, en una tarde hermosa, muy despejada, vi una montaña al fondo y era el Tungurahua completamente despejado, nevado y precioso. Me cautivó. Me acuerdo de que en el balcón en el que estaba me quedé embobado de semejante montaña y ese fue el inicio de esta aventura, de esta relación de amor con las montañas. Quizás otros niños lo vieron y no se quedaron como yo. Le pregunté a mi mamá cómo se llamaban las personas que subían a las montañas. Me respondió que andinistas y le pedí que me presentara a uno porque quería saber cómo era subir a una montaña. Pero mi gran paso fue en 1972, cuando tenía 12 años. Subí a los Ilinizas norte, acompañado de Fabián Zurita. Esa ascensión fue la reconfirmación para mí y me di cuenta de que esto era lo que quería el resto de mi vida. Era la primera vez que estaba en una alta montaña, primera vez que tocaba la nieve, primera vez que llegaba al tope de una montaña y que lloraba llegando a una cima. Ahí me di cuenta de que eso era lo que quería para toda la vida.

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¿Qué es lo que se plantea al momento de subir una montaña?

Creo que la respuesta ha ido evolucionando, y me parece válido porque al final los seres humanos lo que buscamos es evolucionar. Si tengo la misma mentalidad a los 22, a los 30 o 45 algo está fallando (risas). Inicialmente la razón principal que me movía era la ilusión de llegar al punto más alto de cualquier montaña. En cualquier proyecto sea deportivo o académico, a uno le mueve el final. En el caso de los deportistas quieren llegar a la meta, en lo académico dicen quiero graduarme. En mi caso, quería llegar a la cima, pero en el proceso fui descubriendo que el valor más grande está en todo lo que te lleva allá, es decir, el momento que me ilusiono, que digo qué lindo, en el que tienes temor y te preguntas si podrás, eso es algo extraordinario porque te reconoces como ser humano que tiene que estudiar, aprender o entrenar y, luego, cuando ya estás en la montaña, todo lo que vives allá es un proceso extraordinario porque comprendes que la guinda del pastel es la cumbre. Escalar el Everest me tomó un proceso de tres años ocho meses y eso lo resumí en 60 minutos que estuve ahí. Te preguntas si puedes, empiezas a trabajar, a moverte, a buscar, a crear, a darte por derrotado y nuevamente sales otra vez adelante. Todo eso es enriquecedor. La montaña es una escuela de vida, desde la más sencilla hasta la más exigente.

Y cuando consigue el reto, ¿en dónde se asienta esa meta o sensación? ¿Hay algo sicológico que le mueva a buscar el riesgo?

Voy a poner tres ejemplos: un piloto de Fórmula 1, un torero y un montañista, y te garantizo que ninguno de los tres, en ningún momento, queremos exponernos al riesgo. Si le sientas ahorita a El Fandi, te dirá lo mismo, él no salta al ruedo por el hecho de desafiar a la muerte, y, si es que Schumacher estuviera en mejores condiciones te diría exactamente lo mismo. El hecho fundamental es el reto, es algo más interno. Obviamente, hay que tener conciencia de que es un deporte de riesgo y esa conciencia es buena porque te permite respetar las reglas. En la vida tienes que aprender a decir ¡no va más!, que es frustrante y que duele, pero hay veces que tienes que volver al campamento base sin alcanzar la meta, lo que significa volver a estudiar, volver a plantearte lo que querías hacer y volverlo a hacer. El componente de riesgo está, pero no creo que desafiar a la muerte es lo que nos mueve. Cuando he estado escalando una pared de hielo o cuando viene la tormenta lo que te mueve es el deseo de vivir. Cuando regresas al campamento base lloras o rezas por gratitud, después tienes nuevamente esa necesidad de sentir ese miedo. No es que estás buscando desafiar nada, por ahí no va, se trata de superar algo.

¿Esa forma de ver las cosas siempre estuvo con usted?

Siempre está presente, sino la gente cercana te hace acuerdo. Cuando iba a subir por primera vez al Cotopaxi o al Chimborazo, mi mami me dio la bendición, entonces me recordó que no me iba a dar una vuelta a La Carolina porque me pidió que me cuidara mucho. Pero cuando te metes en proyectos en donde el riesgo es más alto, tienes que estar consciente del riesgo que supone, con lo cual tienes que buscar los argumentos que te permitan, en la medida de lo posible, manejar esos riesgos con toda su complejidad. El rato que, en cualquier circunstancia, pierdes el sentido de riesgo y complejidad te complicas. Cuando pierdes el respeto por lo que estás haciendo y dejas de pensar en el nivel de riesgo, ¡te fregaste! A mí me encanta este deporte porque te permite estar todo el tiempo ‘pilas’.

¿Qué es para usted la humildad?

La humildad para mí está en varios temas. Primero, en la montaña tienes que saber reconocer tu pequeñez, reconocer tus limitaciones. Hay momentos en los que he logrado llegar a la cima, pero el año pasado, por ejemplo, me quedé a 250 metros de ella y ¡te duele mucho! porque son muchas horas de entrenamiento, de madrugar, de disciplina, y ya estando arriba no puedes seguir y piensas que lo puedes hacer, pero al mismo tiempo si te aventuras puede ser tu última historia. Entonces, humildad es saber decir: esto es lo que hay en este momento y tengo que respetar estas condiciones…, me duele sí, pero tengo que regresar. Saber que eres un ser humano con limitaciones, con mucho valor, con mucha confianza en ti mismo, pero que hay limitaciones, eso es humildad.

 

¿Qué otro valor le encuentra a la montaña cuando consigue una cumbre?

Creo he logrado desarrollar una comunicación extraordinaria con la montaña, y parte de eso se debe a que mi estadística de logros es bien alta y mi índice de fracasos es bien bajo. Es un tema que comienza por el respeto, por la auténtica humildad con la montaña y por la disposición con la que voy. Como dije antes, este amor que desarrollé con las montañas me permite saber cuándo puedo y cuándo no. De repente el clima ha estado mal y coincide que llego y se mejora… llego a la cumbre y lo consigo. En los años 98 y 99 ninguna expedición había llegado a la cumbre del K2. En el 2000, año en que yo fui, se dieron las condiciones para el ascenso y pude llegar a la cumbre. Creo que son elementos de coincidencia o esta comunicación que he desarrollado con la montaña me ha permitido saber cuándo es el momento.

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¿Tiene un ritual cuando llega a una montaña?

Siempre. Le converso a la montaña, le cuento de mis modestas aspiraciones porque es bueno que sepa y le hago entender que quiero que me ‘dé el chance’ de llegar hasta el final. La verdad me gustaría que me ‘dé el chance’ porque para eso entrené (risas), pero la última palabra la tiene la montaña. Detrás de eso hay mucho trabajo íntimo, porque de repente puedes descuidarte de que la última palabra la tiene ella. Hay que ser sumamente honesto para decidir lo mejor, para saber que esa decisión está fuera de tu control.

Hablemos del proyecto ‘Somos Ecuador’. ¿De dónde nace?

Este proyecto lo conseguí en el año 2008 antes de acabar los 14 ‘ocho miles’. En esos años ya había escalado mayoritariamente con chicos españoles, lindos amigos, pero siempre me dije que esto sería más lindo si viniera un equipo ecuatoriano. Cuando acabe ‘los 14’ armé un grupo de ecuatorianos con el fin de que cuando deje de escalar continúen lo que he hecho y, por supuesto, para transmitir lo que he aprendido. Allí hay inmerso un valor que es que las empresas que perduran son aquellas con las que compartes la información. Bajo ese concepto, Esteban Mena se convirtió en la persona más joven del mundo en lograr el Everest sin oxígeno. Subió con 23 años y estoy muy feliz porque este chico a los 23 aprendió lo que yo aprendí a los 39, y así me parece que tiene que ser, así ganamos tiempo, ganamos 14 años de aprendizaje y, claro, con este grupo tan lindo he tenido la oportunidad de escalar cosas que antes no me hubiera planteado. O sea, haber escalado la Esfinge en Perú -que tienes que estar dos días colgado en una pared- es una cosa muy linda que hice porque ellos eran parte del equipo. Entonces, ha sido una experiencia muy linda porque he viajado por las montañas del mundo con un equipo ecuatoriano y ha sido un ‘ida y vuelta’ transmitiendo lo que he aprendido y aprendiendo lo que ellos me han enseñado. En escalada son extraordinarios y ello ha servido para que, sobre todo, se potencialicen logros del Ecuador en el escenario mundial. El año pasado logramos la cima del Kyzylasker, que fue un logro extraordinario, porque fue una vía muy dura y esa escalada nos permitió ser nominados al Piolet de Oro, que es una nominación que hacen unos expertos franceses a nivel mundial y que es equivalente a los Óscar del montañismo. Esa fue la primera vez que nombraron a un equipo latinoamericano, y fueron los chicos de Somos Ecuador los gestores.

¿Por qué una empresa debería apoyar este tipo de deporte?

Porque sin apoyo de la empresa no hay proyecto (risas). Porque estos proyectos son supercaros, porque hay un tema fuerte de logística, de viajes, de inversión que hay que hacer en equipo de montaña y, claro, al menos que tengas una superherencia podrías pagar una expedición para cuatro o cinco personas en el Himalaya. Obviamente, aquí la única apuesta que te queda es que la empresa privada crea en un proyecto como este y te ayude, no hay otra alternativa. Por eso la gratitud hacia la persona que me entrena, a mi médico deportólogo, a la gente que me recibe en España, a la gente de Nepal, de Katmandú y a la gente que hace posible que nos subamos al avión, porque todos son parte del equipo.

¿Hay apertura en Ecuador para esto?

Como en todo, el comienzo fue duro. Los años 96, 97, 98 y hasta 99 fueron tremendamente duros y ahí está mi hijo para contar las necesidades que pasamos en la casa. Hasta el 99 que logré el Everest cambió la curva, y por primera vez me llamó un empresario a decirme si estaría interesado en que me auspiciara. Al principio pensé: no escuché bien. Le pedí que me repitiera y, en efecto, me preguntaba si estaba interesado en un auspicio. ¡Casi me muero! (risas), pero hay algo sumamente importante: cuando siembras bien, cosechas bien, eso es todo. ¿Qué vio el empresario en mí? Mis cuatro años de proyecto. En plena crisis me subí al Everest y me subí sin oxígeno, entonces, les llamó la atención lo que hice y me llamó para ayudarme. Es así de simple, es como cuando sales de la universidad y te preguntan si tienes experiencia, si no la tienes buscas un puesto que te ayude a tener esa experiencia, empiezas a crecer y después ya tienes para escoger el trabajo. Lo que estás sembrando es la dedicación que pusiste y conmigo fue lo mismo, sin ello no hubiera hecho los ‘14 ocho miles’ y, cuando acabé ‘los 14’, pedí auspicio para los chicos del proyecto y me dijeron que sí, que si yo estaba en el proyecto me ayudarían nuevamente. Hay que sembrar para cosechar.

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¿Qué aficiones adicionales tiene Iván?

Me gusta mucho la fotografía, es un complemento, de hecho, aprendí a tomar fotos porque hay que compartir. No todo el mundo puede viajar y subirse a la montaña. Hasta hace unos tres años hice audiovisuales, la verdad es que me cansé un poquito porque es demandante el trabajo, pero todos los años hice un audiovisual y en los primeros lo hacía con diapositivas y las presentaba al público, para que los que no podían ir a Nepal, sepan cómo es, supieran qué pasa en Pakistán… Eso también se transformó en una forma de devolverle a la gente lo que recibía. La fotografía es un lenguaje lindísimo que sirve para contar lo que ves, me gusta mucho. Leer también me gusta muchísimo porque me parece que la lectura es un gran ejercicio que le puede redimir al ser humano.

¿Qué género prefiere?

Me gustan la historia, los cuentos y, por mi trabajo, siempre leo sobre liderazgo. Ahorita estoy terminando de leer una biografía de Mujica, estoy terminando un libro de Kapuscinski que se llama Viajes con Heródoto, y estoy leyendo un libro de historia sobre Grecia. Leer es un regalo extraordinario porque además aprendes, viajas, conoces y te despierta la imaginación, de hecho, hay cosas que a partir de este libro veo que me faltan conocer. Ya tengo más inquietud.

¿Le falta mucho para conocer el mundo?

Nunca cuento porque las estadísticas te pueden envanecer. Si sé de estadísticas es porque mis amigos me lo han dicho, el resto no, porque te puedes perder. Tengo suerte, he conocido una buena parte del mundo, pero me falta todavía.

¿Qué sociedad le ha impactado más?

Hay diversas, porque he tenido la suerte de estar en sitios extremos gracias a la montaña. Un viaje que me impactó muchísimo fue en 2000, que tuve la oportunidad de conocer Afganistán. Había terminado de escalar el K2, que está en Pakistán, y como perdimos el vuelo (siempre las fechas no coinciden porque dependemos del clima), teníamos que estar un mes en Islamabad, que es una ciudad musulmana. Un amigo, capitán del ejército, nos invitó a ir a Afganistán y fui solo yo, el resto eran americanos y en ese entonces el tema estaba candente para ellos. Así que fuimos a Afganistán, que está en la frontera, y fue un viaje muy duro. Creo que, de alguna manera, el ecuatoriano y el latinoamericano están acostumbrados a ver el dolor de la pobreza, pero allá fue aún más duro y fue tanto, que en algún momento bajé la vista, ya no quería ver más lo que había afuera. Todos refugiados afganos, las madres con dos o tres hijos, todos pequeños, con la burka en un desierto… casas de cartón, no hay alcantarillas, y en uno de los pasajes, en lugar de vender fruta, vendían armas. Entonces, te cuestionas, ¿qué es lo que le espera a un niño de 7 u 8 años? Cuando normalmente a esa edad queremos un camión Tonka para jugar con lodo y arena… Y ver que estaban tan cerca de las armas tal y como si fuera ese camión… ver a las madres en condiciones durísimas fue un impacto brutal. Por otro lado, Katmandú y Nepal me encantan. Nepal está entre los cinco países más pobres del mundo, pero allá nadie te roba. No hay que justificar que en un país con una economía complicada se robe o se asalte, eso es un tema de respeto para el ser humano. Esa lección para mí es la más extraordinaria. Otra cosa que viví ahí mismo fue entender el significado de la muerte para los hinduistas, que va de la mano de la reencarnación. Recuerdo que escuché desde el hotel una procesión con música alegre; cogí mi cámara y bajé a hacer fotos. Al momento de acercarme me di cuenta de que era un féretro y no pude entender por qué todos estaban alegres. Así que me tocó aguantarme un poco el show y seguí disparando. Había muerto un chico de 15 años y lo llevaron al río a cremarlo, me impactó mucho. La cremación es pública y la muerte de este chico era de alguien importante, por eso había todo eso. Las mujeres estaban con saris y con toda la parafernalia… fue superfuerte porque primero nadie llora y después viene la cremación. Fue impactante. Luego de conversar con la gente, la poca que hablaba inglés, comprendí que no hay llanto porque la persona pasa a un mejor estado y por eso estaban alegres. Esto a los occidentales les cuesta, es una gran filosofía, pero nos cuesta entender.

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¿Qué religión tiene?

Soy católico, pero he leído mucho del budismo porque me parece una filosofía muy sencilla y bien práctica. Creo que la única religión es el amor y muchos de los conceptos de Buda se resumen en ‘ama a tu prójimo’. También me gusta el manejo del ‘yo inferior’. No soy un entendido de la Biblia, debe haber una parte en que esté escrito algo de esto, pero he tenido cerca al budismo, y se trata de una cosa muy ecléctica, de todo aquello que te aporte para mejorar. Al final uno va aprendiendo por prueba y error. Es lindo estar en esos sitios, con gente de escasos recursos económicos que te abre las puertas, que te sonríe, que no te roba… ahí está la hospitalidad, el cariño, el amor. Hay que agradecer siempre a la vida, nunca te canses de agradecer.

El tatuaje en su brazo, ¿qué significa?

El tatuaje son los ojos de Buda, que es mi escuela de vida. Los ‘14 ocho miles’ han sido mi escuela de vida, de todo lo que te he contado, de saber que la montaña es enorme, que te acoge, de conjugar de una manera distinta el verbo extrañar (porque viajo mucho), de aprender de las cosas simples de la vida, de valorar lo lindo que es una almohada, lo rico que es una cobija o tomar una ducha, lo rico que es un arroz con huevo… Eso te enseña la montaña y mi universidad de vida la hice en Nepal, en el Himalaya. Estos son los ojos de Buda que en todo monasterio están siempre. Para mí significa gratitud y no olvidar lo que aprendí allá.

¿Qué es para usted la gastronomía?

La manera de conocer una cultura y un país es a través de la gastronomía. Algo que hace la vida distinta es cuando te dejas sorprender, eso para mí es básico, va de la mano del tema culinario. Ahí tienes que hacer el ejercicio de decir ‘bueno, probemos para ver qué onda’. No siempre me gusta porque hay sabores adquiridos que para el nativo están bien, pero que a ti te pueden resultar desagradables o insípidos… pero también puede ser que aciertes y que te agrade. Me gusta mucho la comida hindú porque es picante. Me gusta la combinación tan intensa de especies, además, la relaciono con la celebración, porque después de que bajas de la montaña estás en Nepal y Nepal te da curry, te da picante, te da mucho cordero. La comida tailandesa me parece también extraordinaria, tiene una variedad superamplia, con una presencia fuerte de los mariscos y, como buen ecuatoriano que soy, me gustan mucho las sopas y los tailandeses tienen unas sopas de alto nivel, ese gusto tan intenso del jengibre me parece exquisito. Ya del lado europeo, tengo muchísimos amigos españoles con quienes escalé muchos años. Uno de ellos es un sibarita. De hecho, creó una cultura de ‘comer bien’ en la montaña. Él llevaba cosas empacadas al vacío a la montaña: jamón serrano de primera, aceitunas, vino de la Rioja o enlatados… Nos dábamos unos banquetes buenísimos. En la base, él cocinaba bacalao y probábamos cosas maravillosas. Es lindo que te des esos regalos en la montaña y darse el chance de disfrutar.

¿Qué es lo más raro que ha probado?

Lo más raro que probé fue hace dos años en China, en la parte occidental, que fue donde arrancamos para subir una montaña. Allí fuimos al mercado local y todo tenía que ver con el cordero y en eso no tengo problema porque me gusta, pero el plato más exigente era ‘testículos de cordero’, y ahí si tuve problemas. Probé dos cucharaditas y no pude más. Le puse buena voluntad, pero no pude.

¿Y el plato ecuatoriano que más le gusta?

Soy muy orgulloso de las sopas que tenemos en el Ecuador. Creo que la reina es la sopa de bolas de verde, pero pienso que así como Gastón Acurio tuvo esa brillante idea de poner en el mercado a la cocina peruana, también lo debe hacer el Ecuador. Porque él sacó a relucir, además, el camote, la papa, el maíz, los mariscos… Yo he comparado y no he encontrado ningún país que tenga mayor variedad de sopas que el Ecuador y este podría ser un argumento para que se haga lo mismo. Siempre en algún momento en mis expediciones extraño las sopas.

¿Qué agradecería al final de sus días?

Al final de mi vida agradecería primero a Dios, de hecho, hago un ejercicio con mis hijos al que lo llamamos tres perlas. Al final del día cada uno comparte las tres cosas más importantes que le pasaron en el día, aunque estas hayan sido duras. Eso nos lleva a ver el lado bueno de las cosas, porque luego agradecemos a la vida por todas las lecciones extraordinarias que hemos vivido y finalmente agradecemos el amor que vivimos en familia.