Feb 22

Varanasi la ciudad de la vida

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Varanasi, Benarés, Henares, Kashi, muchos nombres para designar una misma ciudad. El río es el motivo de su existencia y su columna vertebral, sus aguas provienen de los dioses que habitan las altas cumbres del Himalaya. Ellos se las envían a los hombres con un mensaje ineludible: soy la vida. Y el río es una diosa llamada Ganga, que proviene de Shiva. El mito cuenta que el río fluía por los cielos y que el rey Bhagarathi -impulsado por la necesidad de lavar las cenizas de sus antepasados- lo bajó a la Tierra. Para que los hombres no sufrieran un cataclismo, el agua cayó suavemente a través de la ondulada cabellera de Shiva.

La diosa Ganga recorre diversas regiones del norte de la India y sus aguas purifican el espíritu de los creyentes del hinduismo. A lo largo de su caudaloso recorrido, antiguas ciudades se fundaron para honrar a Ganga. Nace en un remoto lugar en las montañas, donde surgen sus aguas de una fría cueva conocida como Boca de Vaca (Gomuhk), que corren impetuosas por entre aromáticos cedros y pinos, hasta llegar a la primera ciudad: Devaprayag. Dos ríos se unen aquí para ceder sus nombres a uno solo: el de la diosa Ganga, el Ganges, el sagrado río del hinduismo.

Sus aguas atraviesan las llanuras gangáticas de oeste a este, a lo largo de 2 500 kilómetros, y luego desembocan en el golfo de Bengala. En su trayecto, y por muchos siglos, se han reunido en sus riberas cientos de generaciones de hinduistas para adorar su poder de sanación. Han bebido de sus aguas y se han bañado en ellas, como el modo que encontraron para limpiar sus almas y, al morir, la más segura manera de romper con el arduo ciclo de la reencarnación. La creencia consiste en que aquel que bebe de las aguas del Ganges y baña su cuerpo en ellas se libera de continuar su vida en otro ser y así descansa para siempre.

De ahí que al río Ganges lleguen peregrinos de toda la India para cumplir con el ritual y luego alcanzar el reposo. Durante todo el año, el hinduismo logra convocar en sus riberas a miles de personas deseosas de curarse de alguna enfermedad, de liberarse de sus errores y del poderoso estigma de portar un mal karma, ese peso espiritual que tanto significa en las conciencias de los hinduistas.

La ciudad de Varanasi representa el lugar elegido para cumplir con esta demandante necesidad. Sus cuatro mil años de historia la señalan como el sitio apropiado. Siendo una de las ciudades más antiguas de la Tierra, la acumulación de energías provenientes de millones de seres que la han venerado durante tantos milenios provoca emociones insospechadas en los creyentes y también en los visitantes.

Su ubicación en la ribera izquierda del Ganges, la presencia de antiguas construcciones, todas edificadas sobre sólidas bases a fin de protegerse de las súbitas y masivas  crecidas del río en época del monzón, la convierten en el lugar más sagrado del río.

Los diversos nombres revelan la variada visión de sus ocupantes a lo largo de los siglos.

Varanasi proviene probablemente de la unión de los nombres de dos ríos que la atraviesan, el Varanā y el AsÄ«. Benarés y Henares derivan de la lectura en español que de su nombre se ha hecho. Kashí, en cambio, fue el nombre del pequeño poblado que allí se originó hace ya cuatro milenios. En el idioma vernáculo, el hindi, Kashí quiere decir brillante (como el Sol). Arqueólogos afirman que la ciudad original fue construida en honor a Suriá, el dios del Sol, aunque la mitología hindú le atribuye al dios Shiva el haberse instalado allí, por su hermosura natural.

Su posterior desarrollo llevó a Varanasi a convertirse en un importante centro de textiles, en especial, de la mejor seda de la región, de refinados perfumes y del tallado en piedra y madera de sofisticadas esculturas inspiradas en los dioses del hinduismo. Infinidad de templos acogieron obras artísticas realizadas en diversos materiales y las escuelas de arte proliferaron.

Sin embargo, poco o nada queda de la ciudad original. Las múltiples invasiones fueron arrasando paulatinamente con sus majestuosos templos, antes descritos por los viajeros de diferentes épocas, además de expresar su admiración como centro artístico y educativo. El más destructivo de los invasores fue el temible emperador mogol conocido como Aurangzeb, hijo del pacífico y conciliador Sha Jahan, creador del Taj Mahal. El fanatismo religioso de su hijo lo consagra como el último emperador de ese imperio (aunque un descendiente suyo prolongó su agonía hasta la invasión iraní, que se llevó el trono del Pavo Real, símbolo de la dinastía mogol en la India) y el fin de un islamismo que sus antecesores habían logrado conciliar con la mayoría hinduista. La intolerancia de Aurangzeb  le costó la vida al imperio.

El más refinado templo de Varanasi fue su principal víctima mortal: sobre sus ruinas se construyó la actual mezquita.

Los remanentes edificios datan de diversas épocas y se entremezclan frente al río, cuya margen izquierda muestra infinidad de peldaños a lo largo de seis kilómetros. En la lengua hindi, peldaño se traduce como ghat. Estos peldaños fueron construidos para permitir a los fieles acceder a las sagradas aguas del río en cualquier nivel que estén y durante todo el año, dadas las permanentes variaciones que el río presenta.

Fotos: © Shutterstock

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Más de cien diferentes ghats acogen a los peregrinos, quienes, de preferencia al amanecer, para rendir tributo al dios Sol, Suriá, se acercan a los bordes del río en busca del alivio para sus almas. Así como en el islam la vida de un creyente debe registrar al menos una visita a La Meca, en el hinduismo los dioses piden también una peregrinación a Varanasi. Se afirma que quien fallece dentro de los sesenta kilómetros en torno de esta ciudad se salvará de la cruel reencarnación. Por ello, es habitual ver a una gran mayoría de ancianos llegar a la ciudad en busca de esa salvación.

Cada ghat lleva un nombre y todos sirven a un mismo propósito: poder acercarse a través de sus escalinatas a las aguas sanadoras. Pero no todos llegan con propósitos rituales. Hay quienes las utilizan para fines más prosaicos: lavar ropa (verdaderos profesionales del lavado ofrecen sus servicios de golpear las prendas sobre piedras), o bañar las veneradas vacas y los eficientes búfalos de agua.

Y si se trata de buscar respuestas, los babas o sadhus  -sabios religiosos, ascetas por convencimiento- las dan a cambio de limosnas para sobrevivir. Se los distingue por sus largas cabelleras y barbas, y sus trajes anaranjados o rojos.

El fuego cumple su papel limpiador y renueva la vida. El ghat más antiguo lleva el nombre de Manikarnika. El más concurrido es el Dasaswamedh ghat y por las noches se desarrolla allí un ritual de fuego y música, una ceremonia conocida como Aarti, donde los dioses son venerados mediante la quema de inciensos y de maderas fragantes.

En esta ciudad la vida se enfrenta con la muerte. Los dioses han dictado su preferencia por este lugar para ambas. Por ello, al menos dos ghats sirven para el ritual más solemne y liberador del hinduismo: llegar al nirvana o moksha. Ese estado está reservado para quien logre arribar a Varanasi y terminar allí su existencia. El fuego se encargará de purificar su alma y llevarlo al verdadero descanso.

Conocer Varanasi requiere, por lo tanto, de la apertura de conciencia del viajero, necesaria para poder recibir fuertes imágenes y tener intensas sensaciones. En esta ciudad se refleja la verdadera India, más allá de sus íconos, en una dimensión que sobrepasa la curiosidad por lo exótico.

Varanasi es la ciudad de la vida desde que Shiva decidió permanecer allí. El Templo Dorado sirve para su veneración. Inmerso entre las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, sus cúpulas recubiertas por casi una tonelada de oro revelan que allí habita el Señor del Universo, quien destruye la vida con la misma mano con que la vuelve a construir, y es el gran río Ganges su inconmensurable fuerza creativa.Más de cien diferentes ghats acogen a los peregrinos, quienes, de preferencia al amanecer, para rendir tributo al dios Sol, Suriá, se acercan a los bordes del río en busca del alivio para sus almas. Así como en el islam la vida de un creyente debe registrar al menos una visita a La Meca, en el hinduismo los dioses piden también una peregrinación a Varanasi. Se afirma que quien fallece dentro de los sesenta kilómetros en torno de esta ciudad se salvará de la cruel reencarnación. Por ello, es habitual ver a una gran mayoría de ancianos llegar a la ciudad en busca de esa salvación.

Cada ghat lleva un nombre y todos sirven a un mismo propósito: poder acercarse a través de sus escalinatas a las aguas sanadoras. Pero no todos llegan con propósitos rituales. Hay quienes las utilizan para fines más prosaicos: lavar ropa (verdaderos profesionales del lavado ofrecen sus servicios de golpear las prendas sobre piedras), o bañar las veneradas vacas y los eficientes búfalos de agua.

Y si se trata de buscar respuestas, los babas o sadhus  -sabios religiosos, ascetas por convencimiento- las dan a cambio de limosnas para sobrevivir. Se los distingue por sus largas cabelleras y barbas, y sus trajes anaranjados o rojos.

El fuego cumple su papel limpiador y renueva la vida. El ghat más antiguo lleva el nombre de Manikarnika. El más concurrido es el Dasaswamedh ghat y por las noches se desarrolla allí un ritual de fuego y música, una ceremonia conocida como Aarti, donde los dioses son venerados mediante la quema de inciensos y de maderas fragantes.

En esta ciudad la vida se enfrenta con la muerte. Los dioses han dictado su preferencia por este lugar para ambas. Por ello, al menos dos ghats sirven para el ritual más solemne y liberador del hinduismo: llegar al nirvana o moksha. Ese estado está reservado para quien logre arribar a Varanasi y terminar allí su existencia. El fuego se encargará de purificar su alma y llevarlo al verdadero descanso.

Conocer Varanasi requiere, por lo tanto, de la apertura de conciencia del viajero, necesaria para poder recibir fuertes imágenes y tener intensas sensaciones. En esta ciudad se refleja la verdadera India, más allá de sus íconos, en una dimensión que sobrepasa la curiosidad por lo exótico.

Varanasi es la ciudad de la vida desde que Shiva decidió permanecer allí. El Templo Dorado sirve para su veneración. Inmerso entre las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, sus cúpulas recubiertas por casi una tonelada de oro revelan que allí habita el Señor del Universo, quien destruye la vida con la misma mano con que la vuelve a construir, y es el gran río Ganges su inconmensurable fuerza creativa.

por Renato Ortega Luère